
Confiaba en ti,
en tus manos protectoras,
en tus ojos color miel
que se iluminaban,
cuando de mi boca
salía un te quiero.
Confiaba,
siempre confié en ti,
porque según decían
el corazón no mentía,
pero la razón
– mi razón –
temía por mi sonrisa;
y así fue,
mi sonrisa se fue borrando,
mis ojos llovían
todos los días,
cada día.
Confiaba en ti,
porque tus manos no mentían,
tus manos atraían protección,
porque eras tú
a quién más quería
y quién más daño
me comenzó a causar.
Confiaba en ti,
confiaba ciegamente en ti
porque no quería volver a sufrir por amor,
porque estaba harta de naufragar en tormentos,
en corazones que solo quería una noche de placer
y después pisotear mi frágil corazón.
Confiaba en ti,
porque tú eras el sol
que entraba por mi ventaba,
que me hacía sonreír,
que me hacía bailar descalza
sobre el césped
y sentirme libre.
Confiaba en ti,
siempre confié en ti
hasta que tus besos se volvieron fríos,
tus manos ya no me abrazaban con fuerza,
ni las noches dormíamos abrazados,
todo se empezó a destruir
hasta dejar de confiar en ti.
